Es como una rueda que no para de girar. Primero sientes algo raro —una preocupación chiquita, un pensamiento tonto, algo que en otro momento dejarías pasar. Pero hoy no. Hoy tu cabeza agarra eso y empieza a darle vueltas. “¿Y si pasa esto?”, “¿Y si no puedo con aquello?”, “¿Y si todo sale mal?” Y cuanto más lo piensas, peor te sientes. El cuerpo lo nota: te falta el aire, te late más rápido el corazón, te tiemblan las manos. Entonces tu mente dice: “¡Ves! Algo está mal de verdad”. Y ahí se arma el lío. Ansiedad por tener ansiedad. Miedo al miedo. Y cuando por fin logras calmarte un poco, aparece otro pensamiento, y pum, vuelta a empezar. Es un bucle. Cansado, confuso, y a veces silencioso por fuera, pero un torbellino por dentro. Romperlo no es fácil, pero se puede. A veces es respirar, a veces es hablarlo, a veces es solo dejar que pase. Pero sí, la ansiedad tiene ese talento: hacerte sentir que algo anda mal, cuando en realidad, solo estás atrapado en tu cabeza.
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