
Mi abuela Jenny Downing Mi abuela es una de las personas más educadas y refinadas del alma que he conocido. Siempre tenía algo bonito que decirle a todo el mundo. Comía tan bonito que mientras iba comiendo iba ordenando toda la comida en el plato para que siempre se viera “nítido”, como ella decía. Mitad nica, mitad irlandesa, era vanidosa e impecablemente vestida todos los días. Gustaba de bajar a desayunar con su “mañanita” y esperaba a que mi papá leyera el periódico primero porque le parecía una falta de respeto verlo primero y que quedara arrugado. Me enseñó a planchar, a almidonar lino y algodón. A coser, a sentarme bonito en una silla, a cómo cruzar las piernas. A no aterrizar en un sofá, a no aventar la bolsa al suelo. A no traer los tacones “comidos” (o sea, descarapelados 😆) y la cartera limpia. Me enseñó a ser amable, no perder oportunidad de hacer sentir a alguien bien y a nunca ser portadora de malas noticias. Probablemente nunca he tomado porque ella tuvo un gran impacto en mí y un día me dijo la célebre frase: “Martha, una mujer que bebe es una mujer posible”, jajajaja, y eso no sonaba tan deseable. Orgullosa granadina, contaba que su abuelo John Alexander Downing había llegado a Nicaragua junto con Mark Twain, probablemente desde Missouri en camino al sur por el río San Juan, y al enamorarse de una nica abortó la expedición y echó raíces en Granada. Mi abuela, que vivía la mitad del año con nosotros en México, es probablemente la persona favorita de todos mis hermanos y sin duda la mía. Esa era mi abuela, la mamá de mi mamá.
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