
Hay una línea directa con Dios que nunca está ocupada, nunca pierde señal y nunca depende de dónde estés: la oración. Orar no es simplemente repetir palabras. Es abrir el corazón delante de Dios, reconocer que necesitamos de Él y permitir que su presencia entre en aquello que estamos viviendo. Muchas veces buscamos respuestas en todas partes antes de buscarlo a Él. Nos preocupamos, hacemos planes, imaginamos escenarios, preguntamos opiniones y tratamos de resolverlo todo con nuestras propias fuerzas… cuando desde el principio teníamos acceso directo al Padre. No necesitas palabras perfectas para orar. No necesitas estar en un lugar especial. No necesitas tener tu vida resuelta. Solo necesitas acercarte. Puedes hablar con Dios desde tu habitación, manejando, trabajando, llorando, agradeciendo o incluso cuando no sabes exactamente qué decir. Él conoce tu corazón antes de que pronuncies una sola palabra. La oración no siempre cambia inmediatamente lo que está sucediendo alrededor de ti, pero sí comienza a cambiar lo que sucede dentro de ti. Donde había ansiedad puede traer paz. Donde había confusión, dirección. Donde había miedo, confianza. “Oren sin cesar.” — 1 Tesalonicenses 5:17 No conviertas la oración en tu último recurso. Hazla tu primera respuesta. Mantén abierta esa LÍNEA DIRECTA con Dios. Porque una vida de oración es una vida que reconoce: “Señor, no quiero caminar un solo día dependiendo únicamente de mis propias fuerzas. Te necesito conmigo.” Hoy, antes de seguir corriendo, detente un momento y habla con Él.
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